Charlas de un Gag-Pa. Cordero LII


CHARLAS DE UN GAG-PA
Bajo el signo del cordero, del año LII, de Acuarius.

En la aurora del ciclo vital marcado por la Naturaleza y animado por el más puro deseo de serles útil de alguna manera, renuevo mi propósito de fortalecer mi comunicación con ustedes a través de estas Charlas, mismas que van surgiendo acordes al momento y situaciones en que nos ha tocado vivir.
Antes de continuar, deseo expresar mi agradecimiento a todos aquellos Hermanos que han tenido la gentileza de hacerme conocer la aceptación de estas misivas y las utilizan como un recurso más para fomentar el diálogo, tanto con la Hermandad, como con este servidor.

CONFIANZA.
La confianza es una actitud que se desarrolla con la experiencia. Algunas personas tienen más experiencia en determinado tipo de actividades y es así que se puede apreciar la confianza del chofer frente al volante; la del cirujano, en el quirófano; la del empresario, en el lanzamiento del nuevo producto...
Yo, en lo particular, tengo confianza en la Vida. Ella me ha mostrado y demostrado constantemente que, más allá del horizonte circunstancial que tengo ante mí, el sendero evolutivo de los individuos, de los grupos y de la sociedad en general, obedece a un Plan estratégicamente generado y firmado por las Leyes Naturales y con las cuales tenemos la oportunidad de armonizarnos y actuar conscientemente.

UNA FLOR MIRABA HACIA EL SOL.
Hace ya cerca de veintidós años, me encontraba al frente del Comité de Fomento de Institutos de Yoga, motivo por el cual se acercó a mí una mujer de alrededor de treinta años, quien decía que deseaba recibir clases de Yoga. Después de varios intentos de convencerla acerca de los beneficios que le reportaría asistir a un instituto, y ella de exponer los motivos por los que deseaba recibir clases particulares, al fin, y con objeto de desembarazarme de esa situación, terminé asegurándole que, tan pronto tuviese algún fin de semana disponible, la visitaría, lo cual en mi interior equivalía a decir "dentro de algunos años", pues desde entonces, y como Gegnián, ya dedicaba yo los fines de semana a visitar las diferentes ciudades de la República que estaban a mi alcance.
A poco tiempo, y por razones que en estos momentos no es necesario mencionar, hice entrega del puesto, quedando sin compromisos para los fines de semana. Así que, recordando la promesa hecha, me dispuse a viajar a la ciudad de Oaxaca, lugar que se me hacía tan remoto como ahora lo puede ser la República Centroafricana.
********* Después de haberle dado la primera clase de yoga, le dije a Flor, aquella mujer cuyo nombre sintetizaba sus características humanas: "Mire, con esta clase ya se dio una idea de lo que se trata; es lógico que una sola clase no basta para que usted practique por su cuenta. Que yo regrese a esta ciudad, lo veo sumamente difícil; sin embargo, si usted reúne un mínimo de quince personas, yo no sé como pueda hacerlo, pero me comprometo a venir semanalmente".
Transcurridos diez días, me llamó por teléfono: "Ya tengo las quince personas", me dijo. "Está bien, allá estaré el próximo sábado", aseveré, iniciando, de este modo, una serie de viajes las noches de los viernes y retornando a la Ciudad de los Palacios los lunes temprano, durante varios meses.

EN OAXACA.
Ya se había consolidado el grupo en este lugar, contando con una docena de yamines y algunos Medio Gegnián. Aquella vez, los Hermanos decidieron efectuar un día de campo en la Sierra, repartiéndonos en los diversos autos. A mí me correspondió acompañar a la R. Hermana Frida Woolrich y una de sus hijas. Al regreso, después de unos cuarenta minutos de empinado descenso por terracería, poco después de entroncar con la carretera, escuché la exclamación: " ¡Hermano, nos quedamos sin frenos! ¡ ¿Qué hago?!". Nos encontrábamos próximos a El Tule, por lo que había una pequeña fila de autos que lentamente pasaban el "tope" de asfalto a la entrada del poblado. Sin acotamiento ninguno, parecía inevitable la colisión con el automóvil que a menos de medio kilómetro se encontraba frente a nosotros. Entonces, le dije: "Cambie de velocidad... vuelva a cambiar...otra vez...y otra vez..." Así, de tercera a segunda, de segunda a primera, de primera a segunda y otra vez a primera y por último a neutral, conseguimos disminuir en mucho nuestra velocidad y nos dispusimos al impacto, que, aunque leve, no dejaría de ser molesto. Sin embargo, tras los dos pequeños saltos al pasar sobre el "tope", y cuando estábamos por alcanzar al auto que nos precedía, éste aceleró, dejándonos el camino libre. Ahora, el peligro lo constituía el auto que venía atrás y al que, por más señas que le hacíamos para que disminuyera su velocidad, continuaba acortando velozmente la distancia que nos separaba, ante lo cual le indiqué a la Hermana: "Sálgase de la carretera". Coincidentemente en ese lugar pudo dar vuelta hacia el estacionamiento que se encuentra exactamente frente al enorme árbol que ha dado fama al pueblo, mientras el otro auto nos golpeaba con el aire y con el claxon. En el estacionamiento, en el único sitio libre, y con un leve golpe contra la guarnición de la acera, nadie se percató de que algo grave hubiese estado a punto de ocurrir.
"¡No cabe duda que algo más debe haber en todo esto!" , exclamó la Hermana Frida, al tiempo que me miraba fijamente, para después soltar toda la tensión acumulada. Creo que esta experiencia le ayudó a la Hermana para mantenerse activa y alcanzar la Cámara del Primer Grado.

EN MORELIA.
Hace diez años, llegué a las cinco de la mañana a Morelia, sin llevar dirección ni teléfono alguno, pero con la confianza de que no faltaría algún medio que me permitiera estar presente en la inauguración de la H. Escuela Iniciática en esa ciudad y así cumplir con la comisión que me había asignado mi H. Cámara.
Semidormido, después de cuatro horas y media de viaje, alcancé a mirar, a través de las pestañas, a una robusta mujer que bajaba del autobús lo que parecía un pesado saco con mercancía. Sentí la inclinación de darle ayuda, pero me disculpé, pensando que debía darme prisa, ya que el entonces H. Gurú José Marcelli, efectuaría la apertura en tres horas más. "Además -me dije- esa mujer está más fuerte que yo".
Al mirar las escaleras que conducían hacia la sala de espera, pensé: "¡Pobre mujer, cuánto tiene que subir con esa carga...!" Miré hacia atrás y la vi tratando de abrazar el bulto, para cargarlo. De pronto, creí despertar y me pregunté: "¿Pero, qué estoy haciendo?" Me sentí incómodo conmigo mismo. "Vengo con la confianza en que Dios me ayudará, y yo no soy capaz de ayudar a este ser que se encuentra junto a mí..." Me acerqué, pues, a ofrecerle mi ayuda y llevé el pesado bulto hasta donde pudiera ella abordar un taxi.
Me pregunté nuevamente qué debía hacer, y concluí que lo mejor era volver sobre mis pasos y reiniciar mi salida. Al hacerlo, encontré, en el restaurante de la Central de Autobuses, al M. R. H. Pablo A. Loya, con los brazos descansando en el respaldo de la silla y la mirada fija sobre la mesa. Al acercarme, levantó la vista y nos saludamos.
- ¡Pax, Reverendo!
- ¡Pax, Hermano Pablo! ¿Qué estás haciendo aquí?
- Pues acabo de llegar en estos momentos y estoy dándome cuenta que no sé a dónde ir pues, debido a la inauguración de la Escuela Iniciática, lo más probable es que haya huéspedes en mi casa; así que allí no puedo ir; si voy a casa de mis tíos, es muy temprano para levantarlos... así que no sé a dónde ir... ¿y usted?
- Pues yo voy a la Casa Sede, pero la verdad es que ni siquiera sé dónde queda. ¿Me podrías dar la dirección?
- ¡Ah, pues ahora ya sé a dónde debo ir!
Abordamos el taxi que nos llevaría a la Casa Sede provisional y de la cual el Hermano era el Administrador, en ese tiempo, mientras él me enteraba acerca de la reunión sobre ashrams a la que había asistido en Monterrey y de la cual regresaba.

EN QUERÉTARO.
Después de exponerme su problemática, la Hermana M.G. me solicitó que le aconsejara acerca de la decisión que debía tomar. Le expliqué que tal decisión implicaba una responsabilidad que solamente ella podía asumir. "A mí, lo que me funciona, le dije, es estar atento a la manera como Dios me comunica lo que debo hacer. No piense usted que tiene que ser de una manera determinada o que le va indicar lo que usted desea que le diga; no, así no es. A cada instante Dios nos está señalando el camino que debemos seguir para nuestra evolución; solamente debemos mantener bien abiertos los ojos de la mente, para entender el lenguaje del Espíritu. Si lo hacemos de este modo, entonces las personas, los objetos y hasta la basura se vuelven instrumentos divinos que nos indican lo que debemos hacer. Así, por ejemplo, en estos papeles se podría encontrar la respuesta a su conflicto -le explicaba yo mientras le mostraba unas hojas que se encontraban en el bote de la basura, junto a la cocina -. Ella, con curiosidad, se quedó mirándolas, luego las recogió y, después de unos instantes, pude apreciar cómo su juvenil rostro desbordaba una alegría contagiosa.
- ¡Aquí está exactamente lo que yo estaba buscando! - exclamó, eufórica - ¿Me permite sacar una fotocopia de esto, Reverendo?
- No sólo eso, sino que se las puede quedar. Yo no sé que es lo que dicen, pero si usted las recogió de la basura y considera que le sirven... ¡Adelante!
. Rigoberto Hernández Fuentes,
Gag Pa. A su servicio.
E-mail: righerf@hotmail.com
Tel. 5712-5475