CHARLAS DE UN GAG-PA
Bajo el signo de los peces, del año LII, de Acuarius.


LA MARCA.
"Pueden creerlo o no, pero la verdad es que todos aquellos que se han acercado a recibir la bendición del HERMANO MAYOR es como si llevaran una marca en la frente, y esa marca ya no se les quita ni con FAB ..."
Así escuché decir al Hermano Mayor, en diversas ocasiones, al concluir su Ceremonia Cósmica.

EL AGUA.
¿Servía de algo la bendición del Maestro?¿ Y si solamente se trataba de un hombre común y corriente con ciertas aspiraciones idealistas? ¿Cómo poder saberlo? Estas dudas surgían en mi mente, al instante mismo de haber rogado a viva voz: "¡Hermano Mayor, Ayúdame!!"...

A mis veintiún años, después de haber cumplido uno de trabajo formal, se me había metido la idea de que en esas vacaciones de fin de año, debería ir al mar, a contemplar directamente el paisaje que hasta entonces solamente había podido ver en las pantallas, chicas o grandes.

Con dos o tres meses de anticipación, el deseo había arraigado a tal grado que, para cuando llegó la fecha, se había convertido en una imperiosa necesidad. Así que, viajar a Acapulco o a Veracruz, los puertos más cercanos, fue un deseo que compitió con el de ir a festejar la Navidad en el Ashram de Cuautla. Decidí que había tiempo suficiente para pasar la Navidad con los Hermanos de la "GFU" y luego podría elegir el puerto a donde habría de viajar. Con esta idea, guardé mis ahorros y tomé solamente ochenta pesos, lo que resultaba más que suficiente para el viaje a Cuautla.

Durante la Cena, el Hermano Enrique Amar (M.G.) me invitó a regresar a la Ciudad de México en su auto, lo que acepté sin reflexionar. Recorrimos la carretera libre, donde , después de otra Cena de Navidad, él fallecería en un accidente automovilístico, y finalmente me bajé por el rumbo de La Merced, alrededor de las tres de la madrugada, con mucho sueño y bastante alejado de mi domicilio, sin encontrar algún taxi por los alrededores. En el trayecto, me encontré, de pronto, frente a la terminal de autobuses Herradura de Plata, en el momento que se anunciaba la próxima salida. Decidí que viajar durante seis horas, que era el tiempo que duraba el trayecto a la ciudad de Morelia, me serviría para descansar.

En Morelia anduve vagando sin rumbo por horas, tan sólo para hacer tiempo y regresar otra vez a la Ciudad de México. En la tarde, decidí pasar a saludar a mi tía "Tere", lo que me permitió pasar otra noche fuera de casa, al quedarme dormido, sin habérmelo propuesto y despertar hasta el día siguiente. Después de la comida, me despedí y, después de pasear otro poco, entré a un cine, con objeto de viajar durante la noche. Sin embargo, llegado el momento, en vez de comprar el boleto para el Distrito Federal, lo compré para Uruapan.

Allí me protegí del frío de la madrugada entrando a un templo católico que abrió sus puertas a las cinco, y del cual tuve que salir apenado cuando me di cuenta que me había quedado dormido, sentado sobre la primera banca, cuando todos los asistentes se encontraban de pie, en cierta parte de la misa, quién sabe desde qué horas iniciada. Todo el día lo dediqué a recorrer, calle por calle, la pequeña pero bella ciudad.
Una vez más, esperé la hora nocturna apropiada para volver a viajar, dispuesto a recorrer la parte final del trayecto hacia Playa Azul, lugar que había escogido en la terminal de Morelia, al hacer cuentas y llegar a la conclusión de que, si era capaz de subsistir con dos pesos al día, podría, aprovechando la promoción del 50% de descuento a estudiantes en vacaciones (que apenas se iniciaba), bien podría conocer el mar, aunque no fuera en un puerto tan famoso como los que había pensado.

A las cuatro y media de la mañana llegamos a Playa Azul. No había terminal de autobuses. El operador, simplemente, nos informó que ya habíamos llegado y nos recomendó, por seguridad, acudir a cierta construcción cercana. Yo no me moví. Todo se encontraba totalmente oscuro. No había luna y la luz de las estrella no bastaba para distinguir nada más allá de unos cuantos metros. En medio de aquella oscuridad y de aquel silencio que solamente dejaba escuchar, a lo lejos y de vez en cuando, el ladrido de algún perro, el sonoro ritmo del potente oleaje se transformaba en un mandato imperativo que insistía una y otra vez: "Ven..., ven..., ven..."

Mi ansiedad no me permitió dormitar esta vez. Por lo tanto, me mantuve despierto, apreciando los diversos grados de luminiscencia del alba. Cuando emergió el sol por el líquido horizonte, pensé: "Poder mirar este espectáculo, justificó el viaje". Luego quise caminar por la playa, pero el vaivén de las olas me mareaba, así que tuve que alejarme un poco, mientras me acostumbraba. A las ocho, ya se sentía el calor y apretaba el hambre, así que compré una limonada y, luego, unas tortillas que acompañé con una latita de leche condensada.
No pude esperar las tres horas que supuestamente tardaría la digestión. A las nueve y media me alejé de las escasas personas que se encontraban en la playa, me puse mi traje de baño y regresé, para meterme al mar. Con la precaución y la ignorancia natural de todo primerizo, pretendía yo mantenerme de pie donde rompen las olas, logrando tan sólo conseguir una revolcada tras otra, sin comprender cómo los niños de quince años menos que yo pudieran adentrarse y disfrutar del agua. Me esforzaba por adentrarme, pero siempre las olas botaban a la playa. Al fin, descubrí que, si dejaba de pretender arraigarme en la arena, el paso de la ola solamente me hacía subir y bajar, pero no me desplazaba. La diversión daba comienzo.
La transparencia del agua y el leve declive del terreno me permitían adentrarme más de cien metros, sin que se mojara el torso completo, pudiendo mirar el sitio donde pisaba, aunque, en algunas pequeñas áreas el terreno presentaba ciertas hondonadas. Luego, aprovechando las olas, retornaba al punto de partida pues, aunque pocas, mis amontonadas pertenencias en la playa debían sentirse seguras. Después de una hora, ya me consideraba yo todo un tritón. Así que decidí rebasar a las personas que se encontraban más lejos de la playa. Disfrutaba del agua, que rozaba mis labios, mientras las puntas de mis pies alcanzaban el fondo; disfrutaba del ambiente marino... hasta que hice conciencia de que ya estaba cansado. Sin embargo, al intentar volver a la playa, aún cuando trataba de aprovechar el impulso del oleaje, que me parecía ser cada vez más fuerte, no podía; sentía como si una pequeña corriente me jalara mar adentro. "Es mi imaginación", pensé. Volví a intentarlo sucesivamente de una y otra manera, sin éxito: Los pocos metros que avanzaba con cada ola, volvían a perderse, pues yo sentía, literalmente, que el mar me "jalaba". Además, me percaté de que las olas se habían vuelto más altas... y de que me había quedado totalmente solo, pues ya no había gente en el agua.
Si desde el principio hubiese pedido ayuda, alguien podría haberse acercado. Pero el mismo orgullo que me llevó más allá que cualquiera, me había mantenido callado durante todo el tiempo en que me esforzaba por dominar aquella situación tan incómoda y durante la cual trataba de aplicar racionalmente cuanto había aprendido, desde axiomas matemáticos hasta leyes de la física. Pero ahora, en que me encontraba tan alejado de la gente, con gusto hubiera cambiado toda la información universitaria que había acumulado, por la técnica de natación que me permitiera llegar a la orilla. Al fin, convencido de mi impotencia, grité tan fuerte como pude: ¡Auxilio!! ¡Ayúdenme!!
Mi angustiosa solicitud no obtuvo respuesta. Allá, a lo lejos, en la playa, la gente se limitaba a mirarme, mientras alguna persona me señalaba con el dedo. Mientras tanto, las olas parecían cada vez más altas y violentas, pero incapaces de detener mi trayectoria mar adentro. Agotada mi energía con tanto esfuerzo frustrado, me limitaba ahora a mantenerme a flote y solicitar ayuda. Rogué al Cristo, a Buda, al Sublime Maestre y al Hermano Mayor que me auxiliaran. Recordé el momento en que el Maestro, con su mano derecha en lo alto y la izquierda en mi barbilla, decía: "Yo te bendigo, hijo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para que espíritu siga el Sendero de Purificación, y DIOS te libre de todo mal y peligro".

Si el Hermano Mayor me había bendecido y era quien era, entonces... ¿Cómo era posible que me encontrara yo en esa situación?¿ Acaso no había servido de nada? ¿ Qué mayor peligro que ése podría afrontar cualquiera? ¡Hermano Mayor, ayúdame!! Invoqué, casi en silencio, mientras miraba a la gente, inmóvil, en la playa.
De pronto, me sentí dividido: por una parte, podía percibir mi exhausto cuerpo, haciendo un último esfuerzo por mantenerse a flote y, por otra, me sentía como estar formando parte del aire mismo, pues con toda serenidad me encontraba mirando mi propio rostro angustiado en medio del agua. Tal como si me hubiesen proyectado una película, reviví, entonces, de manera detallada, mis veintiún años de vida y llegué a la conclusión de que lo único que lamentaba era no saber si había estado a mi alcance evitar la muerte de esa manera y si los Maestros de Iniciación no pasaban de ser meros hombres idealistas. Todo ello debió suceder, supongo, en uno o dos segundos, pues en esa dimensión el tiempo adquiere otro valor. Mi conciencia volvió totalmente, otra vez, a mi exánime cuerpo, tan sólo para aceptar que había llegado el momento de lo inevitable. Totalmente extenuado y dispuesto a dejarme cubrir por las aguas, mi resignación hizo brotar, desde lo más hondo de mi corazón, las palabras... "Padre mío, en Tus manos encomiendo mi espíritu". Fue entonces, en ese instante, cuando vi, o creí ver aquello cuya experiencia me reservo, pero que cada vez que lo recuerdo, me hace pensar que mi vida está comprometida con la obra del Hermano Mayor. A partir de ese instante, me invadió una enorme tranquilidad y tuve la certeza de que todo se arreglaría y debía de sostenerme.
Miré hacia la playa y alcancé a ver que tres hombres se lanzaban al agua. Poco después llegaban hasta mí, recomendándome que no me desesperara. Les aclaré que me encontraba tranquilo y dispuesto a hacer lo que me indicaran. Dos de ellos, a mis costados, me tomaron las manos y el tercero, por un momento me tomó los pies, pero luego le indiqué que no era necesario. Nadaron en diagonal hacia la playa y, cuando llegamos, me explicaron que había sido víctima de la resaca, una corriente que se forma de la playa hacia el mar y que ya otra veces se había llevado a personas menos afortunadas que yo. L es pedí sus nombres, mismos que ya olvidé hace muchos años, pero en ese entonces recordé que no era la primera vez que me encontraba vivo gracias a la buena voluntad de los demás. Me despedí de ellos y luego lloré, mas no de alegría por estar vivo, sino porque de pronto, comprendía, o al menos creía haber comprendido, de golpe, muchas cosas. Allí mismo, sobre el mojado traje de baño lleno de arena, me puse el pantalón, y mientras terminaba de vestirme, alcancé mirar a otras personas que pretendían enfrentar con arrogancia los problemas del mar de la vida y las olas terminaban revolcándolas, como lo hicieron conmigo. Tuve la plena certeza de que esa era la experiencia por la que había sentido la necesidad de viajar hasta ese sitio y que ya no tenía nada más que hacer allí. Eran las once y media de la mañana, del 28 de diciembre de 1971.Coincidentemente, en esos momentos estaba a punto de salir un autobús en viaje directo hacia mi ciudad, la Ciudad de México. Lo abordé y me mantuve dormido la mayor parte del trayecto.

Quien sea capaz de recordar la angustia que se siente, por ejemplo, cuando el agua está cubriendo la nariz, o la envidia que se llega a tener, incluso de los insectos, porque ellos pueden seguir vivos en este plano, y más aún, quien haya experimentado la sensación de ser, más allá de los sentidos corporales, comprenderá que no hay mayor gloria en este mundo que vivir con dignidad el papel que la vida nos ha asignado, ni es posible alcanzar mayor satisfacción que aquella que proporciona el auténtico servicio impersonal.

ACERCA DE LAS CHARLAS.
Considero oportuno expresar mi especial agradecimiento a aquellos de ustedes que han compartido estas Charlas con otros Hermanos, pues de esta manera se cumple el objetivo principal de las mismas, que consiste en fomentar la comunicación entre los miembros de la G.F.U. También agradezco los amables comentarios que me han hecho llegar quienes han encontrado en ellas algo de interés. Les reitero que mi mayor satisfacción es el de poderles servir.
Cierto Hermano me escribió diciendo que las Charlas le parecían interesantes y deseaba compartirlas, pero que se encontraba pasando una situación económica difícil. Si ese fuera el caso, les recomiendo cobrar las copias pues, aunque el servicio no se cobra, el material debe recuperarse.
. Rigoberto Hernández Fuentes,
Gag Pa. A su servicio.
E-mail: righerf@hotmail.com
Tel. 5712-5475




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