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CHARLAS DE UN GAG-PA Bajo el signo de la virgen, del año LII, de Acuarius. LA LLUVIA. Para quien mira y admira el cielo azul en alguna ciudad de Argentina o disfruta de la nocturna sonrisa del cielo en México, como en cualquier otra parte del mundo, la experiencia de sentir el llanto celeste sobre su cabeza, es la misma. La lluvia cae sobre los cristales. Los parabrisas y los anteojos se empañan. Por momentos, el camino se oculta. Hay veces en que no vemos o no queremos ver las huellas o las luces del viajero que nos antecede y, a pesar de nuestras precauciones, caemos en el bache o se pierde el paso. En alguna ocasión, la lluvia nos atrapa en la montaña; entonces, a gritos, o por radio, tratamos de comunicarnos, solicitando orientación. Pero, cuando la voz que nos contesta nos describe paisajes totalmente desconocidos, o bien, identifica como novedosos los que reconocemos haber dejado atrás, ¿Qué nos queda? Solamente continuar , tratando de encontrar el terreno más firme y con la confianza de que, poco antes o después, la lluvia pasará. CUESTIÓN DE SALUD. Son pocas las cosas que podemos recomendar, con la certeza de estar haciendo un bien. Una de ellas es la recomendación de la práctica de Hatha-Yoga. Les comparto algunos ejemplos: UNA RAZON DE PESOS. Cuando lo integraron al grupo, la clase ya había comenzado. Lo habían subido cargando en una silla de ruedas, de las que usan los paralíticos. Lo ayudaron a ponerse de pie y su grotesca figura intentaba imitar, de manera extremadamente ridícula, por su torpeza, los movimientos que el instructor en turno nos indicaba con su propio movimiento, al tiempo que los describía con su voz firme, pero armónica. "¿Cómo es posible que traigan a un individuo que apenas puede moverse a una clase de gimnasia, que requiere una flexibilidad que ni yo tengo?", pensé. El incidente quedó olvidado, como muchos otros, hasta que, después de unos dos años y medio, aproximadamente, mientras observaba al hombre que hacía la limpieza de los tres pisos que ocupaba el Instituto de Yoga, que cumplía las funciones de secretario, pues daba informes a las personas que se presentaban a solicitarlos, que atendía el teléfono y en ausencia mía solucionaba la insuficiencia de instructores para la clase, que subía y bajaba con celeridad las escaleras, ya para confirmar la reserva de agua en los tinacos de la azotea, ya para salir de compras o realizar los pagos que se le indicaba, además de atender un incipiente negocio particular vendiendo productos naturistas a los alumnos y del cual daba un porcentaje al Instituto, volvió a mi conciencia aquella imagen que me había producido tal desagrado. Fue entonces cuando le pregunté: - Oye, Agustín, ¿Acaso no fuiste tú quien llegó una vez en silla de ruedas al Instituto? - Sí, así es. -Aseveró.- Fue la Hermana Carmelita y su esposo los que trajeron, porque los médicos del Centro Médico me desahuciaron, por lo avanzado de la artritis. - ¿En serio? ¿Es verdad que te desahuciaron?- Volví a preguntar, incrédulo. - Sí, en serio.- Confirmó, mientras sonreía, seguramente debido a mi asombro. -Me hicieron muchos estudios y finalmente me dijeron que ya no tenía remedio. Por eso, cuando los Hermanos me trajeron, ya casi no podía yo ni sostenerme de pie. De eso, ya solamente me queda el problema del habla. -Agregó, refiriéndose a cierto tartamudeo que no había podido superar. - Pues, entonces, yo creo que debías de presentarte con esos médicos y mostrarles lo que hace la Yoga. - Eso quisiera yo hacer, pero no puedo pues, si lo hago, me quitan la pensión del Poli, que es donde trabajaba; en cambio, así como estoy, recibo mi pensión, tengo el sueldo de aquí y, además, unos pesos que me gano con los productos naturistas.-Aclaró, sin dejar de sonreír. Meses después, Agustín se casó con Juanita, y decidió instalar una tienda de productos naturales junto a la Estación Portales del Metro. JOVENCITAS SESENTAÑERAS. - ¡Ay, joven! ¡Qué bonito se ve! ¡Hasta parece que estuvieran bailando una especie de ballet! ¿No le parece? - Me comentó aquella mujer, quien, sentada en la banca que teníamos en el interior del salón de Yoga, miraba al grupo durante la ejecución de la gimnasia. - Pues anímese. - Le contesté, al tiempo que, con la mano hacía yo el ademán, invitándola a integrarse al grupo. - ¡Ay, no! ¡Capaz que me rompo! Yo nunca he practicado ningún tipo de ejercicio y, por si fuera poco, padezco de reumatismo. Yo nadamás vine acompañando a mi hija. - Aclaró, mientras señalaba a una mujer de unos cuarenta años, aproximadamente. Le expliqué entonces las bondades de nuestro sistema, en caso de inscribirse; además, conforme transcurría la clase de Yoga, le iba señalando los múltiples beneficios que podían apreciarse a simple vista. - ¿De verdad cree usted que yo también podría hacer eso? - Volvió a preguntar, mientras miraba a su hija tratar de adoptar la postura señalada. - ¡Claro que sí! Mire, mañana a esta misma hora, yo voy a ser el instructor; así que la invito para que venga y haga la prueba. A los tres meses, aquella mujer, de sesenta y cuatro años, se había convertido en una de las alumnas más asiduas y me auxiliaba con la gimnasia, haciendo sudar a los jóvenes que asistían a la clase. EX-COMBATIENTE DE VIETNAM. Como quien acude a un último recurso, por no tener ya nada que perder, aquel hombre nos explicó su situación: Había combatido en Vietnam, enfermando, por este motivo, de los nervios. Su enfermedad se manifestaba como una afección en la piel que lo obligaba, por vergüenza, a cubrirse totalmente. Ya había consultado a los mejores especialistas en varias ciudades de Estados Unidos y de Europa, coincidiendo todos en el origen nervioso de su enfermedad, sin que hubiesen podido curarlo. ¿Podría la Yoga hacer algo por él? Le aseguré que sí. Inmediatamente, solicité a dos médicos, colaboradores nuestros, que lo examinaran, con objeto de confirmar que su enfermedad no era contagiosa. Al ratificar su información, se procedió a inscribirlo. Enfundado en sudadera y mallas, mientras los demás hombres vestían un simple "short", aquel individuo esperaba que todos terminaran, para bañarse, a solas, al final. Después de unas dos semanas, ante mi pregunta acerca de cómo se sentía, él me contestó que "estaba mejorando". A los dos meses de práctica diaria, nos mostró su piel, completamente limpia; nos agradeció lo que habíamos hecho por él y regresó a Estados Unidos. Hasta pronto. |
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Rigoberto Hernández Fuentes, Gag Pa. A su servicio. E-mail: righerf@hotmail.com Tel. 5712-5475 |